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Una mujer hecha de candela viva

“Va subiendo la corriente…con chinchorro y atarraya, la canoa de bareque…para llegar a la playa”

Las almas de miles de generaciones que cargaron con el peso de su tradición se juntan ahora en una sola persona, la gente aglomerada en el Jardín Botánico espera con ansias que en cualquier momento aparezca la famosa cantautora, aquella que le cantó a Gabo, le dicen Totó la Momposina…pero ella se hace llamar cumbia.

Medellín deja de ser Medellín, la Estación Universidad y sus alrededores desaparecen de a poco entre el frío de la noche y los árboles del Jardín Botánico se ven más altos más fornidos y su verde se ve cada vez más verde. Un ritual sagrado se lleva a cabo y solo unos cuantos pueden presenciarlo.

El lugar se torna oscuro, el ritual va a comenzar y de un costado del escenario se corre un velo, envuelta en una manta roja, más roja que la sangre misma aparece ella con una seriedad ceremonial que solamente evoca aplausos. Se detiene en la mitad del escenario y con su voz comienza a recitar los primeros cantos callando de ipso facto el bullicio, un hálito blanco sale de su boca, los vellos se erizan y los ojos se encharcan pues el ritual ha comenzado.

La música es la ceremonia más bella que puede ofrecer esta leyenda de Talaigua, Bolívar pues junto a ella emergen alrededor de ocho músicos entre gaiteros, maraqueros y percusionistas que se funden con el escenario y se encargan de traer con sus manos las sonoridades de la costa Caribe colombiana al encierro de estas montañas antioqueñas.

Un estallido de congas, tumbadoras y tambora llena el ambiente y la Momposina arroja al suelo aquel velo rojo dejando ver un largo traje multicolor y su negra cabellera ondulada. Por su cuerpo pasa una corriente casi sagrada que hace mover hasta la última de sus articulaciones, pareciera que por sus venas no corriera sangre, más bien música pues a sus 77 años se mueve en el escenario como si de una niña se tratara. Cuando acaba su canto mira a su audiencia y regalándole una gran sonrisa dice: “¡y eso que tengo una gripa de racamandaca!”

El público conformado por jóvenes, adultos, argentinos, venezolanos, costeños, paisas, bogotanos entre otros, bailan en la mitad del lugar, lloran, aplauden, otros incluso gritan como indígenas que vitorean una cacería exitosa, todo con la intención de sentir a profundidad el mensaje de aquella música ancestral.

Entre las melodías de aquellas tamboras que entonan con estridencia las canciones más icónicas de la cumbia, el porro, el bullerengue y el mapalé, uno de los percusionistas abandona su instrumento y se acerca a Totó con su sombrero en la mano y una intención clara, desafiarla a una muestra de baile. Ella por su parte acepta el desafío poniéndose en posición frente a él mientras mueve su cuerpo mejor que cualquier bailarina. El hombre flexiona sus rodillas e inclina su torso hacia adelante haciendo ademanes de saludo con su sombrero vueltiao. El desafío acaba con un abrazo y el percusionista vuelve satisfecho a su lugar.

Su canto es ancestral como el de un pájaro en la selva y sus letras cuentan historias que a veces se creen condenadas al olvido, pero es que simple y sencillamente no se puede cantar de lo que no se ha vivido. Orgullosos se sentirían José Barros, Lucho Bermúdez, Guillermo Buitrago o Cresencio Salcedo al ver hasta donde ha podido llegar esta mujer con su música.

Algo ocurre, las notas se hacen cada vez más suaves, la luz es oscura y solo se escuchan las notas tristes de un bajista solitario. La Melodía se mueve fluidamente simulando casi una piragua que navega el Atrato mientras se dejan llevar por la tímida corriente, los acordes que llenan el aire son los de la canción El pescador, una armonía hecha para los encantos de su voz. Todos cantan al unísono: “Habla con la luna, habla con la playa, no tiene fortuna…solo su atarraya”.

Pero no todo es paz ritmo y fluidez pues su música es impredecible como el mar y en este momento aquel mar estaba crecido, las tamboras hacen vibrar el suelo y la temperatura sube. Los músculos exigen movimiento y las gotas de sudor piden a gritos salir del cuerpo, de verdad hace calor y es porque de la garganta de la Momposina se escucha un largo grito tradicional que dice: “Negrita ven…prende la vela”.

Totó la Momposina a lo largo de su vida ha sabido como perpetrar el corazón de muchos colombianos, su voz golpea el esnobismo impuesto por una creciente globalización que tiende a borrar cada vez más lo autóctono y a adaptar lo ajeno como propio pero sus letras crean siempre nuevos enjambrados sociales que se tejen alrededor de la danza, la música y la tradición. Ella termina su última canción y se despide de su público con la sonrisa tatuada en el rostro, toma con elegancia su manta roja, más roja que la sangre misma y colocándosela se retira del escenario…el ritual ha terminado.

Fotografías por Sebastián Suárez

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