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Una tarde y mil bemoles con Teresita Gómez | Revista Noise Armada


Tal vez el sol sabía lo que pasaría y prefirió mantener su tono hasta que la última tecla dejara de sonar. Un amarillo opaco, casi enceguecedor, abrazaba el Paraninfo de la Universidad de Antioquia, eran las cuatro y media de la tarde y los primeros esbozos musicales se escapaban por las paredes del lugar. Adentro Teresita Gómez practicaba un poco, afuera las personas la esperaban mucho.

Un amigo y yo nos sentamos al frente de la entrada del auditorio, esperando que a las cinco en punto abrieran las puertas y aun así nos parecía extraño que hubiera poca gente; a veces este tipo de eventos, en este caso Tardes de Piano en el Paraninfo nos hace pensar qué tanto valoramos los de Medellín nuestra cultura o si en realidad… ¿los jóvenes aprecian esto?

Para mi sorpresa, las personas comenzaron a brotar como agua y aquella entrada que hacía 10 minutos contaban con la presencia de no más de cinco personas, se atiborró de bohemios. Entre niños, jóvenes y adultos se formaba una masa ansiosa por ver aquella joya de la corona del arte antioqueño.

Quizá muchos podrían esperar una entrada triunfal con alfombra roja y misticismo dramático de índole europeo, pero Teresita Gómez, rompiendo con el innecesario protocolo y con aquella humildad tan característica, abrió la puerta principal, la gente calló. Ella asomó su cabeza, miró para ambos lados y cerrando tímidamente sus ojos con una sonrisa modesta dijo: “ay, hoy sí que vino gente… ¡que susto!”, cerró las puertas lentamente. Se escucharon risas.

Cuando abrieron las puertas las personas ingresaron con ansias educadas, Teresita se hallaba sentada en el primer puesto de la primera fila y su rostro denotaba algo de nostalgia, aquella que invade siempre en el alma de los músicos antes de entregarle al público una parte esta. Cuando todos se acomodaron, Teresita se levantó de su silla, una ola de aplausos inundo el recinto. Sus lágrimas brotaron y unas tiernas palabras de agradecimiento de la mano de aquella voz grave y arenosa atravesaron los oídos de los presentes.

Luego, el lugar se transformó por completo y aquella sensación indescriptible que ocurre entre los primeros 10 segundos antes de que ocurra cualquier hecho se hizo cada vez más fuerte hasta que se canalizó por completo con la primera tecla tocada por las bellas manos de Teresita. Una luz amarilla pintaba los espacios más sombríos del auditorio, pero solo sus notas eran capaces de darle vida casi biológica al aire. Era una atmósfera sacra.

La música más que un devenir cultural, es un momento de introspección, un momento para que cada uno se mire por dentro, y este, más que ninguno era el más apropiado para ello. Aunque sea arriesgado, aseguraría que muchas personas de las presentes dejaron que sus problemas danzaran con las melodías de Teresita al compás de un tres por cuatro.

Aquella virtuosa en ningún momento dejó de sorprender a su público con sus impecables interpretaciones de Wolfgang Amadeus Mozart o Frédéric Chopin, mas hubo un detalle sutil, imperceptible al oído pero increíble para la mirada de los pocos que pudimos ver. Mientras ella tocaba, le hacía frente a su interpretación una partitura en un cuadernillo y aquellas manos capaces de hacer magia pasaban las hojas de este sin irrumpir con su acto.

La música era dramática, una serie de acordes menores, tensos y estridentes convertían la atmósfera en una batalla campal y oscura, de repente Teresita en un movimiento veloz y casi atrevido, pasó la hoja de su partitura con velocidad. El piano suena más fuerte. Las teclas van más rápido.

De repente, aquella hoja en un acto desobediente, decide regresar a su lugar de origen oscureciendo el camino que la pianista debería seguir para encontrar el final de aquella dramática pieza. Era realmente increíble, una batalla de la vida contra la música. Teresita levantó brevemente su cabeza, siguió tocando, cada vez lo hacía más fuerte, más veloz, sin pausa.

Ahí no había ninguna improvisación, ella siguió interpretando la obra mientras construía nuevamente el camino con sus recuerdos y memorias. Errar es muy común pero no hubo margen para el error en esta complicada interpretación. En este caso Teresita se convirtió en la banda sonora de su propia escena dramática. Un golpe seco anunció el fin de la pieza y los aplausos opacaron el eco dejado por aquel golpe, ella pasó la hoja que había ya interpretado, pasó la hoja que la traicionó y posicionó una nueva canción en el atril de su piano.

Muchas veces Teresita se levantaba de su silla para agradecerle a los presentes, sabiendo que éramos nosotros los que debemos agradecerle a ella, muchas veces los aplausos no son suficientes mas no dejarán de ser el alimento de un músico. Al final estos mismo fueron casi incesantes y en su rostro se reflejaba la esencia pura del agradecimiento. Cuando el concierto acabó casi todos se acercaron a saludarla, a recordarle momentos de gloria, otros tomaron fotografías de aquel suertudo piano.

No quería que dejar que aquel bello momento pasara desapercibido, con un enorme respeto me acerque y le dije: -Maestra muchísimas gracias por su concierto de hoy, siempre será un placer enrome escucharla- y ella, un poco cansada respondió con algo de ironía - ¿de verdad? - se rio- a mí que no me gustó- volvió a reírse y dijo con una bella sonrisa -muchas gracias-.

Sus palabras y sus armonías son cosas difíciles de olvidar, tanto para esta revista como para la memoria, igualmente pasa con su nombre que, aunque parezca pequeño, denotará siempre una firme grandeza.

Fotografías por Juan Manuel Taborda

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